En abril de 1979 se abrió una cápsula del tiempo que llevaba cien años enterrada en el parque Washington Square de San Francisco. En ella, había un panfleto: Los grandes géiseres de California y cómo llegar a ellos y, en la guarda del mismo, el siguiente texto escrito a mano:
Si este pequeño libro ve la luz después de 100 años de sepultura, me gustaría que sus lectores supieran que la autora era amante de su propio sexo y devotamente dedicó los mejores años de su vida a luchar por la igualdad política y por elevar la condición social y moral de la mujer.
Laura from Force Gordon, abogada y sufragista de finales del siglo XIX, había dejado por escrito una más que probable confesión lésbica pensando, o confiando, en que tantos años después fueran tiempos más propicios para la libre expresión de la orientación sexual. O, al menos, ni ella ni sus contemporáneos estarían allí para ver lo que sucedía.

Es cruel, aunque no sorprenda, que algo así ocurriera. Y es importante que en una biografía de Wikipedia se nombre. En este caso se hace sin demasiado convencimiento, ya que se añade que podría haber sido una «idiosincrasia del habla del siglo XIX» con una nota aclaratoria que equipara la expresión contundente «amante de su sexo» con, por ejemplo, ser amante de los gatos.
Parece que, aún hoy, es difícil reconocer que una mujer fuera lesbiana. Incluso alguien que vivió hace 150 años. Es increíble cómo hacerlo sigue siendo incluir un párrafo incómodo en una biografía, algo que es mejor ignorar o pasar por encima para no quitarle valor a la persona en cuestión. Como si solo la duda, la posibilidad, manchara.
Laura de Force Gordon no es una excepción.
Quien se acerque hoy a la historia de la poeta anarquista española Lucía Sánchez Saornil (1895-1970) probablemente no tendrá dudas de su lesbianismo. Desde luego en su artículo de Wikipedia pero también en otros textos sobre ella, se nombra su larga relación con América Barroso, Mery. Algo que, en su momento, fue tomado por su familia como una «profunda amistad». Aunque ella consideraba que el modo de vivir la sexualidad era un asunto privado y, de hecho, no se pronunció sobre su forma de hacerlo, utilizó un seudónimo masculino en su poesía amorosa, probablemente como estrategia para dirigirse a un sujeto femenino. Lo curioso, o no tanto, es que para la primera editora de su poesía, Rosa Martín Casamitjana, aún cabe la duda. Afirma que puede ser reflejo de sus inclinaciones lésbicas pero también una mera creación estética. De nuevo, la mancha.
Sanchez Saornil no fue la única escritora en crearse un alter ego masculino para poder expresar su amor o su deseo hacia otra mujer. Caterina Albert fue una escritora catalana que firmó con un pseudónimo masculino: Víctor Catalá.
En el último párrafo de su artículo de Wikipedia, se dice lo siguiente: ≪Sin embargo, la soltería persistente y la fuerza expresiva calificada de «viril» propiciaron una cierta leyenda fruto de la sorpresa y el malestar de los críticos ante una mujer que escribía con tanto desparpajo≫.
De alguna manera, se insinúa su lesbianismo pero no se dice la palabra, pese a ser autora del relato Carnestoltes (Carnaval) en el que aparece el primer personaje lésbico de la literatura catalana, extremo tampoco mencionado en su artículo.

En los años 30 del siglo XX, dos artistas colombianas Carolina Cárdenas y Hena Rodríguez, tuvieron, con mucha probabilidad, una historia de amor. Pero, así como en la biografía de Wikipedia de Hena Rodríguez incluye dos categorías lésbicas, en el texto sólo se nombra la posible relación con Cárdenas en el marco de una novela de ficción Tú, que deliras, del periodista Andrés Arias. En la biografía de Carolina Cárdenas sucede exactamente lo mismo, solo hay una referencia a la relación entre ambas al aparecer nombrada en la mentada novela.
El historial de los artículos de Wikipedia de estas dos artistas es un ejemplo de cómo, en el mundo actual, hay quien siente que hay que borrar esta información de sus vidas, como si las manchara. Ante todas las afirmaciones, o puesta en duda, de la posible relación amorosa entre Hena Rodriguez y Carolina Cárdenas, que se han ido incluyendo a lo largo de años en sus artículos, encontramos una enorme cantidad de reversiones, una especie de lucha entre editores (y editoras, nosotras somos parte de ella) por explicitar o borrar de su historia su posible lesbianismo.


Gabriela Mistral (1889-1957) fue la primera persona de América Latina en ganar un Premio Nobel de Literatura. Un personaje, sin duda, de enorme relevancia internacional y figura de referencia en su Chile natal, donde fue Premio Nacional de Literatura. Motivos, quizás, para salvaguardar escrupulosamente su imagen de cualquier «mancha».
El hecho de que no se casara y que siempre estuviera acompañada por mujeres dio pie a rumores desde su juventud. En su artículo de Wikipedia hay un apartado sobre sus relaciones personales donde se explicita que mantuvo su vida personal en estricta reserva. Se habla de varias relaciones con hombres, aunque en su mayoría de tintes platónicos. De su secretaria, Palma Guillén, con la que convivió y crió a un sobrino, no se nombra nada más allá de ser amigas y confidentes.
Por fin, un subapartado llamado «Gabriela Mistral y Doris Dana» nombra su lesbianismo, aunque comenzando con la propia negación del mismo que hizo la escritora:
De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad? […] No se desea volver a lugares del mundo donde se hace con los propios asuntos una novela policial. Yo no soy ningún dechado; tampoco una cosa extraordinaria. Yo soy una mujer como cualquier otra chilena..
Gabriela Mistral (ca. 1945), en Bendita sea mi lengua (editada en 2002)
Después se reconoce que tuvo relaciones muy íntimas con Doris Dana, aunque esta también lo negaría, y con otras mujeres. Y se analiza su correspondencia, como la clave más importante para desvelar la intimidad de estos vínculos.
En su artículo se hace una relación bastante exhaustiva de quienes creen que sí y quienes creen que no era lesbiana. En todas las afirmaciones sobre su lesbianismo hay referencia. En aquellas en las que se niega, en general, no la llevan. Se dan más datos, haciendo incluso alusión al Círculo Sáfico de Madrid, un grupo de amigas lesbianas con las que se relacionó, y, como conclusión, se recuerda que cuando se aprobó el acuerdo de unión civil en Chile, que permitió la formalización de parejas homosexuales por primera vez en el país, se utilizaron unos versos suyos: Hay que cuidar esto Doris, es una cosa delicada el amor.

Tan entendible es que las protagonistas de este artículo negaran su relación en un momento donde hacerlo podía llegar a ser hasta peligroso, como legítimo que hoy la afirmemos con contundencia con toda la información que tenemos disponible.
Como Wikiesfera, la comunidad de editoras a la que pertenecemos, este es nuestro trabajo y nuestro compromiso con todas ellas: añadir ese párrafo clarificador que, para muchas, ya no es incómodo sino necesario.
